Globalización y desempleo


A raíz de un artículo publicado por la revista The Economist el pasado 26 de agosto, me vienen a la mente varias ideas que he plasmado en mi blog personal y diversos medios especializados en economía: la reducción de horas de trabajo agregadas, derivada del incremento de la productividad, acompañada de un aumento del consumo en una proporción menor, produce, irremediablemente, desempleo.

Por parte del Gobierno de EE.UU. parece que se tiene clara la idea del estímulo monetario adicional para reactivar la economía y fomentar la utilización del factor trabajo involuntariamente ocioso. Independientemente de que esta media dé unos buenos resultados, pienso que, en contra de la mayoría de economistas de relieve en estos momentos, como Nouriel Roubini, Paul Krugman, Joseph Stiglitz o Kenneth Rogoff, veo de forma clara que se trata de aplazar el problema para más adelante. Lo que en España denominaríamos “dar a la pelota para delante”. Aplazar el problema, además, en este caso, acrecentándolo.

Sobra decir que tarde o temprano alguien tendrá que resolverlo mediante la reducción del déficit público. El déficit no puede crecer de forma indefinida.

Parece que EE.UU. es un país diferente desde el punto de vista de la política monetaria. Y es que el dólar, además de imprimirlo ellos mismos, es la moneda que aceptan todos los países del mundo como “valor de depósito”, es decir, como algo que se puede utilizar en cualquier momento como elemento de intercambio. Pero, ¿siempre será así? y más importante aún, ¿qué pasará si eso algún día deja de ocurrir?

En Europa, Alemania nos ha convencido que lo mejor es reducir los déficits públicos que ya estaban elevados antes de la crisis como consecuencia de la extensión del “Estado del Bienestar”. Con la crisis y los rescates de bancos y de algunas grandes empresas, con nacionalización o sin ella, dichos déficits se han multiplicado hasta extremos donde los mercados de capitales no toleran.

Al final resulta que son dichos mercados los que establecen las políticas económicas de los gobiernos del viejo continente. ¿Debería ser correcto esto?

Digamos que Alemania tiene un argumento de peso para “obligar” al resto de países de la UE a llevar a cabo dicha política: su bajísima tasa de desempleo. Hay pocos argumentos para negar lo evidente.

Por otro lado, parece que la globalización, que inicialmente benefició a los países desarrollados por disponer de multitud de productos en mayor cantidad y a precios muchos más bajos, a sus empresas por generar unos abultados beneficios que en buena parte se orientaron a la Banca en la Sombra (como la denomina Paul Krugman), creando nuevas plusvalías sin que estas repercutieran en la clase media cuyos ingresos no han experimentado variaciones en términos reales prácticamente en los últimos 15 a 20 años, ha generado un problema descomunal en forma de un terrible, alto y persistente desempleo.

El poder adquisitivo global de la economía sí es cierto que ascendió (no así el “per cápita” real), pero fue debido exclusivamente al incremento de la población por una parte y por otra, y en mayor medida, a la facilidad de endeudamiento que ha caracterizado a las economías occidentales en los últimos 10 años aproximadamente. Dicho sistema, si bien produjo una etapa prolongada de bienestar económico, también ha llevado al abismo a nuestras economías. Estamos en una crisis de muy difícil solución, lo cual demuestra que tal sistema no era sostenible a largo plazo.

Los resultados de dicho sistema obligan a cambiarlo, como se deduce. Pero ¿de qué forma?, y también importante, ¿quién lo hará? La falta de liderazgo mundial es fuente de debate entre personalidades de la política y la economía en la actualidad.

En EE.UU. se entablan acaloradas discusiones en muchos foros y programas de televisión. Es habitual que el entrevistador pregunte a un alto directivo de una gran empresa: ¿Por qué se llevaron los puestos de trabajo fuera de nuestro país? La respuesta es siempre invariable:

  1. Porque la Ley lo permite.
  2. Porque es “bueno” para los consumidores ya que disponen de más productos y a precios inferiores.
  3. Porque “ayuda” a los países en vías de desarrollo.
  4. Porque genera beneficios para nuestras empresas que luego redundarán en el bien del país.

Todo es falso, menos la primera respuesta.

Respecto a la segunda, es cierto que los consumidores inicialmente podrían disponer de más bienes elaborados al otro lado del mundo, pero con la migración de los puestos de trabajo ocurre que los trabajadores occidentales no pueden consumir los mismos por la alta tasa de desempleo que sufren.

Respecto a la tercera, es muy discutible. Se han exportado los puestos de trabajo, pero también las industrias peligrosas, contaminantes, altamente consumistas en recursos naturales no renovables,… Disponer de industria de estas características donde se contrata a trabajadores con unos sueldos ridículos hace que se exporte la contaminación y otros efectos no deseables (explotación infantil, derroche de recursos, problemas de insalubridad, desequilibrios sociales,…), y que la población apenas haya ganado poder adquisitivo y más capacidad consumidora.

Cuarta respuesta. Es cierto que los beneficios de estas empresas se han disparado durante la época de bonanza económica, y que una parte han ido a parar a las arcas de los Estados en forma de impuestos, pero también es cierto que dichos beneficios no redundaban en inversiones productivas (y creadoras de puestos de trabajo) en los países de origen, sino que eran orientados a inversiones especulativas a través de los múltiples vehículos de inversión creados por la “Banca en la Sombra” de Krugman, inversiones que apenas tienen valor actualmente por la quiebra de este sistema económico especulativo.

Los impuestos sirvieron para dotar al Estado del Bienestar de más recursos, Estado que ahora está en entredicho. La economía está en crisis, pero en muchos países la estructura administrativa del Estado no deja de crecer. Es la tecnostructura de la que habló John Kenneth Galbraith en “El nuevo Estado Industrial”, un sistema perverso de crecimiento del poder de las élites.

Sí, es cierto que las clases medias obtuvieron durante años unos beneficios en forma de incremento del consumo (si es que eso es deseable, “per se”), pero vemos que la quiebra del sistema demuestra que no es viable ni siquiera a medio plazo.

Al final de este proceso, donde nos encontramos ahora, ¿a quién ha beneficiado realmente la Globalización?

Manuel Caraballo Callero
Economista

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