Los límites al crecimiento


Hace un mes leí un artículo de Luis Garicano (economista de FEDEA que normalmente escribe en el blog “Nada es Gratis”, catedrático de economía y estrategia en la London School of Economics) sobre los problemas que se nos avecinan con el freno al crecimiento. No se trata de una explicación de los límites al mismo, sino que describe la situación económica y política en un entorno que tiene esas características: la inexistencia de crecimiento.

Acertadamente indica que un mundo sin crecimiento es una economía de suma cero, donde lo que uno gana es a costa de lo que pierde otro. Así, avisa que una economía con estas características nos llevará a una situación de conflicto en la misma sociedad y entre países. Y le doy la razón.

Pero finalmente sugiere que debemos emprender las acciones políticas encaminadas a poner a nuestra economía (y la del mundo occidental en general) en la senda del crecimiento para evitar estos problemas. Y no le doy la razón. En las próximas líneas intentaré explicar los motivos.

En repetidas ocasiones he escrito sobre este asunto (por ejemplo en este artículo de Gurusblog, aunque hago referencia al tema cada vez que puedo o sea relevante para el tema tratado), no en vano es el centro de atención de un libro inconcluso y espero que sea el comienzo de una serie de artículos en torno a esta seria cuestión.

Normalmente se relaciona este asunto con los economistas de izquierdas y con grupos políticos verdes, pero no es así del todo. Los primeros informes que se conocen alertando sobre el problema proceden de científicos del MIT por encargo del Club de Roma, que analizaron otros muchos aspectos de nuestro mundo, desde demografía, recursos naturales, contaminación, producción de alimentos,… En este vídeo se resumen el concepto general de la publicación de 1972 “Limits to Growth”.

En realidad, lo que está detrás de esta limitación es la eterna lucha de clases. Ya sé que es una expresión un tanto trasnochada, pero es lo que ocurre en la trastienda de nuestro sistema, y siempre ha sido así.

Hay ricos y pobres, pero cuando los ricos hace unos 200 años descubrieron que con el crecimiento económico los pobres se podían convertir poco a poco en clase media, y que casi cualquiera que se lo propusiera podía salir de la pobreza, vieron en este fenómeno la panacea a sus preocupaciones. Ya no había que ser partícipe de un juego de suma cero, sino que al haber más bienes en la economía, parte de éstos se los podían asignar a las clases más desfavorecidas. Así se consigue la paz social y no se tenían que desprender de sus pertenencias. De esta manera, con el transcurso de las décadas se pasó a considerar el crecimiento económico como algo inherente a nuestro sistema, como algo positivo que hay que mantener a toda costa. Esta idea está poderosamente anclada en la clase política, economistas de toda tendencia y finalmente impregna a toda la sociedad. De esta forma hemos pasado de un planeta con 1.000 millones de habitantes en el año 1800 a 2.600 en el año 1950 y 6.000 en el año 2000. Para este año se espera que seamos 7.000 millones. Un crecimiento exponencial.

Es lo que plantea Luis Garicano con el que he abierto este artículo: Cuando hay crecimiento se mantiene la paz social, pero basta que regresemos a un juego de suma cero para que surgan serios problemas. Digamos que los ricos sí quieren que los demás tengan muchos bienes y vivan estupendamente, pero no estarían dispuestos a desprenderse de sus posesiones para ello. Es lógico, y no seamos hipócritas: todos actuamos de la misma manera. De ahí que el crecimiento sea una carta de extraordinario valor.

En artículos anteriores he indicado que el crecimiento de las últimas décadas, especialmente durante los últimos 20 años, se ha debido principalmente al endeudamiento creciente de las economías domésticas, empresas y gobiernos. De la última cuestión sabemos mucho en los últimos meses en Europa y EE.UU. principalmente, aunque también otras economías. Hay una deuda pública tan elevada que los mercados empiezan a sospechar que la devolución de la misma está en entredicho. Aunque ese es otro asunto del que no vamos a tratar en este artículo, sí me gustaría incorporar un gráfico muy ilustrativo sobre los países más fuertemente endeudados del mundo. La fuente es de la EU Commission y el FMI, aunque fue publicado por la revista alemana Der Spiegel.

Fuente EU Commission y FMI. Publicado por Der Spiegel

Todos los que hemos estudiado economía, y en mi caso concreto también historia (por lo que tengo algo más de conocimientos de la economía del pasado), no podemos quitarnos de la cabeza una expresión de Karl Marx que decía algo así como que todo sistema económico (“modo de producción” en su argot), tiene albergado dentro de él el germen de su propia destrucción. Y el fin de nuestro sistema económico está en la incapacidad de la demanda de absorber todo lo que somos capaces de producir a tasas exponenciales. Esta idea no es sólo mía. Salvando las diferencias que nos separan, Nourini, uno de los economistas más valientes desde mi punto de vista, hace referencia a esta idea en una entrevista reciente para The Wall Street Journal y se plantea si al final Marx va a tener razón. Tal vez.

Y siendo EE.UU. la economía más fuertemente endeudada del mundo en términos monetarios, no está de más ver el siguiente gráfico relativo a los incrementos constantes del endeudamiento público desde los años 40 del pasado siglo hasta la actualidad, distinguiendo los diferentes mandatos tanto republicano como demócrata. También publicado en Der Spiegel.

Fuente US Gobernment. Publicado en Der Spiegel.

En relación al crecimiento, he dicho en repetidas ocasiones que no hay economistas relevantes que le presten atención a este asunto. Sin embargo, de vez en cuando, algún economista popular hace referencia a él aunque sea de forma tangencial. El último ha sido Kenneth Rogoff, profesor de economía de Harvard y ex-economista jefe del FMI de 2001 a 2003 que en una entrevista para “Il Sole 24 Ore” del 17 de agosto, y reproducida en español por El Economista el 28, que hablando sobre el declive de la economía occidental indica de forma muy marginal que se produce un declive sólo en parte, “pero que no se producirá un crecimiento sin fin”. Bien, algo es algo.

Salvo el caso comentado, ningún economista relevante en estos días trata esta cuestión y el caso es que nadie se ha parado a pensar que cuando un político habla de crecimiento lo hace refiriéndose a un crecimiento sobre el año anterior, que también tuvo un crecimiento sobre el año anterior y así sucesivamente. Por tanto se trata de un crecimiento exponencial. Y sin embargo, no hay cabeza en el mundo que sea capaz de pensar que la economía del planeta puede tener un crecimiento infinito.

Para entender la lógica del problema me voy a ayudar de un ejemplo muy simple, pero que ilustra la idea que está detrás de la expresión “crecimiento sostenible” que tanto gusta a nuestros políticos.

Para ello, vamos a basarnos en un ejemplo de una economía “ideal” para entender el problema: Vamos a suponer que somos estupendos, que disponemos de recursos naturales infinitos, nuestra capacidad de crecimiento de la población también lo es, que podemos consumir mucho más de lo que lo hacemos ahora, y que la naturaleza y el planeta son tan enormes que cualquier cosa que hagamos éste es capaz de regenerarse por sí mismo, no se esquilman los océanos, y la contaminación que producimos lo absorbe sin problemas el ecosistema. Es un mundo maravilloso (e irreal).

Por tanto, el problema está resuelto: nuestra capacidad de seguir aumentando nuestra producción, nuestro incremento de productividad no tiene el freno con el que se encuentra ahora: la falta de demanda por una parte, pero también los problemas medioambientales y los recursos escasos y muchos de ellos no renovables, por tanto finitos.

Vamos a suponer en este modelo simple (e irreal) que podemos crecer cada año a tasas del 2%. Puede parecer mucho, pero para la mayoría de nuestros políticos se trata de una cantidad pequeña donde sitúan el umbral del crecimiento neto de empleo. Ellos entienden que debemos crecer por encima de ese umbral porque, digamos, esa pequeña cantidad la absorbe el crecimiento de la productividad, año tras año. Eso es discutible, pero no es el centro de nuestra atención en este ejemplo simple.

Para ello partimos del siguiente gráfico que comienza, por ejemplo en el año 2000 para redondear. Y con el mismo fin partimos de una producción de 100 unidades. No consideramos inflación y suponemos que la producción son unidades físicas y no están valoradas en dinero. Suponemos un “país X” cuya economía tiene las características descritas anteriormente y, por disponer de una clase política y económica estupenda, puede conseguir ese 2% de crecimiento.

En la segunda parte de este artículo analizaremos la situación de esta economía simple, y veremos qué implicaciones tiene para los recursos. También veremos vídeos del Club de Roma en relación a sus estimaciones sobre este asunto.

(continuará)

 

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