El efecto pobreza


Una buena parte de los analistas económicos y de los periodistas especializados en economía coinciden en que los contribuyentes finalmente vamos a cargar con las pérdidas del “banco malo” debido a la perversidad inherente al sistema de valoración de los activos. Concretamente es John Müller, en un estupendo artículo publicado hace unos días en El Mundo quien nos explica muy bien: si los activos se valoran demasiado altos, debiéndolos vender posteriormente a un precio inferior, ningún inversor estará interesado en participar y por tanto serán los contribuyentes quienes asumamos esos costes; y si se valoran demasiado bajos, el “banco malo” será una inversión interesante, pero los contribuyentes deberemos acudir al rescate de los bancos para evitar su quiebra. O no.

Se da por hecho que el gobierno irá al rescate de esos bancos, pero esa es una intención del gobierno que no tiene ninguna base, ni legal, ni económica. Me explico: dejar caer a bancos no sistémicos (todos, salvo Santander, BBVA y CaixaBank, probablemente), es una opción que otros países ya han aceptado, como EE.UU., y no se ha producido un cataclismo. Concretamente en EE.UU. han desaparecido más de 200 bancos durante la presente crisis.

Dejando a un lado esta cuestión, y centrándonos en las potenciales preocupaciones de nuestro gobierno por el llamado “efecto pobreza”, el derivado de una minoración de los valores de los activos de los contribuyentes, y sus repercusiones sobre el consumo, diría que se trata de una preocupación sin fundamento económico alguno.

Para explicar bien este supuesto fenómeno, es conveniente describir el efecto contrario, el llamado “efecto riqueza”, ocurrido durante la etapa de crecimiento de la burbuja inmobiliaria: los activos inmobiliarios de las personas subían año a año y esto ocasionaba que, en muchas ocasiones, sus titulares decidieran incrementar su nivel de deuda para realizar reformas, cambiar su viejo coche por uno estupendo, o realizar un viaje de millonarios. Con esa inyección permanente de dinero en la economía, lógicamente el consumo se disparaba año a año, las empresas vendían más, se cobraban más impuestos, había más servicios del Estado, y todo el mundo era feliz.

Pero no olvidemos ni un momento que esa inyección de dinero no viene derivada de un incremento de nuestra productividad, ni por supuesto por un crecimiento de nuestra producción en la misma proporción (incrementos de los préstamos por encima del 20% año a año, frente a una subida del PIB del 4-5%). En realidad lo que está ocurriendo en ese momento es un incremento espectacular de nuestro endeudamiento.

Entonces, ¿por qué erróneamente se le denomina “efecto riqueza”? Pienso que el término adecuado debería ser “efecto endeudamiento” porque es justo lo que refleja: un incremento del endeudamiento de las familias, las empresas y las administraciones públicas.

El error de dar por hecho que se reducirá el nivel de consumo por el decremento de valor de nuestros activos –entre ellos los inmobiliarios– viene de una vieja idea del economista Franco Modigliani, premio Nóbel de economía en 1985, quien supuso que el consumo dependía no de los niveles de renta disponible como, de una forma u otra, habían defendido Keynes y Friedman, sino del nivel de riqueza. Es decir, que cuando la riqueza disminuye, lo primero que hace el consumidor es dejar de comprar un coche nuevo.

La reducción del consumo es cierta, pero no se produce, desde mi punto de vista, por un decremento de los niveles del valor de sus activos, sino por otras cuestiones que tienen más que ver con la precaución, la desconfianza, la incertidumbre, miedo a perder el puesto de trabajo, o nuestros ahorros, sobre la salud de nuestra empresa, los rendimientos de nuestras inversiones, incluso del funcionamiento general de la sociedad, y otros asuntos más relacionados con aspectos psicológicos.

Durante los primeros estadios de cualquier crisis, a pesar de repuntar el desempleo y producirse una reducción de los ingresos (o al menos un estancamiento de los mismos), curiosamente también se produce un incremento de las tasas de ahorro. Y todo ello, independientemente de las variaciones producidas en la riqueza neta.

Y para ello, lo más fácil es cambiar las pautas de comportamiento ante el consumo (cambiar a restaurantes más baratos, o reducir el número de visitas a los mismos, dar más vida a nuestro coche viejo, viajar más cerca, comprar ropa sólo en rebajas, acceso más habitual a marcas blancas, o cosas por el estilo). Desde luego, cuando la crisis se profundiza y nos toca más directamente, los cambios de consumo son mucho más radicales.

Sobra decir que ese comportamiento se produce incluso en personas cuya situación económica no ha experimentado ninguna modificación relevante.

Pero atención, lo mismo ocurre durante los primeros meses de un conflicto bélico, sin que el valor neto de nuestra riqueza deba experimentar ningún tipo de variación.

Y eso comportamiento lo siguen de forma exacta incluso las personas que no tienen activos inmobiliarios y viven en una vivienda en alquiler. Por tanto, ¿de qué “efecto pobreza” estamos hablando?

Y sin embargo, el consumo de las familias se desploma.

Pues no, resulta que el mal-llamado “efecto riqueza” nunca existió y que, en realidad, es un “efecto endeudamiento”; que el “efecto pobreza” no existe como simple reacción a la disminución del valor de nuestra riqueza neta. Y la realidad es que ahora tenemos una deuda total –pública y privada– que supone alrededor del 400% de nuestro PIB, y lo que es indudable es que hay que devolverla. Un duro proceso de amortización en un entorno económico recesivo al 25% de desempleo. Y subiendo.

Un fenómeno que bien podríamos calificar, en este caso sí, como “efecto pobreza”.

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