Deflación interna

MCC-6679

Desde que Paul Krugman defendiera en 2009 que España debería entrar en una etapa de “deflación interna” para superar la crisis, muchos teóricos de la economía, personas descatadas del mundo de la empresa y algunos políticos, han expresado sus ideas, casi siempre a favor, defendiendo la reducción salarial pero olvidando la cuestión de los precios, que ahora tenemos encima de la mesa. Y es que los argumentos de Krugman eran muy lógicos: si los precios bajan, tendríamos más éxito en nuestra exportaciones y, por tanto, podríamos producir más y reduciríamos nuestra extravagante tasa de desempleo.

A pesar de esta argumentación, acaban de saltar las contradicciones de la teoría económica en relación a la evolución de los precios nada más saberse que tenemos una tasa de inflación negativa en términos interanuales, es decir “deflación”.
Recordar que este argumento venía en relación a nuestra imposibilidad de manipular los tipos de cambio, receta clásica durante la segunda mitad del siglo pasado, y ante la imposibilidad de conseguir altas tasas de incremento de la productividad al menos a corto o medio plazo.En este sentido, me gustaría indicar que desde que estos argumentos fueron hechos públicos por Krugman, no han sobrado personas que defendían una contención de los gastos salariales como medio para salir de la crisis, dejándo de lado la cuestión de los precios de los bienes y servicios en la economía.

Si bien es cierto que el componente de costes laborales puede ser importante en el cómputo del coste total de cualquier bien o servicio, no es menos cierto que una minoración de las rentas de las economías domésticas supone una reducción directa del consumo interno. Si a esto sumamos una mayor presión fiscal por parte de todas las administraciones públicas, tenemos como resultado una tasa de consumo que es equiparable al nivel que teníamos a mediados de los años 80. Todo ello, como se ve, muy negativo para nuestra economía.

Para los no expertos en esta materia, recordarles que la inflación en la economía significa directamente que los ahorros de las personas cada día tienen menos valor (entre ellos los ahorros que los pensionistas han podido reunir en toda su vida laboral, no lo olvidemos), y es un revulsivo para que las personas destinen ese dinero al consumo. Por tanto, es un arma en contra de los ahorradores y un aliciente para los “manirrotos”. Todo un despliegue de buenas intenciones, como se ve.

Por otro lado, que una economía tenga una inflación, digamos, más o menos importante, significa que se produce una mejora en la relación deuda/PIB que tanto preocupa al gobierno. Una deuda que cada vez “vale” menos, junto a unos impuestos crecientes, es justo la receta que justifica el despilfarro y la ineficacia permanente.

¿Por qué tanto temor a la deflación?

Desde siempre se argumenta que una economía con tasas de decrecimiento de los precios conlleva necesariamente una reducción del consumo per se, ya que el consumidor entiende que esperando el tiempo necesario conseguirá esos bienes o servicios a un menor precio. Esa reducción de consumo conlleva una minoración de la producción y ésta a su vez un incremento de la tasa de desempleo.

Todo ello es cierto, pero no menos cierto es que hay un mínimo de consumo del que mucho me temo no estamos tan alejados al menos en términos medios. Que el consumidor tenga esa percepción, no es una condición para reducir su consumo en alimentos, cambiar su frigorífico de 20 años, o cosas por el estilo. Repito: el consumo en España está a niveles de los años 80 y por tanto, no es razonable pensar que éste se vaya a reducir por el efecto psicológico que los consumidores puedan tener en relación a una deflación, por ejemplo, de uno o dos puntos porcentuales, en el “peor” de los casos.

He hablado en repetidas ocasiones que lo peor que le puede ocurrir a nuestra sociedad es tener inflación conviviendo al mismo tiempo con altas tasas de desempleo, una reducción de la renta y un incremento de la presión fiscal. Son las recetas justas que necesitamos para tener problemas. Y no me estoy refiriendo precisamente a lo justo o no de esa situación, sino a problemas graves de simple convivencia.

Como indica mi colega Daniel Lacalle, “El cuento del riesgo de deflación es la excusa de los estados hiperendeudados para justificar mayor represión financiera. Es decir, continuar bajando tipos, intentar crear inflación falsa aunque los ciudadanos tengan menos capacidad de compra, y… la útima panacea que nos quieren hacer tragar como una píldora envenenada, planes de estímulos monetarios”.

Los motivos de la deflación hay que verlos simplemente en una reducción de la demanda, consecuencia de nuestras altas tasas de desempleo, una reducción de los salarios y los ingresos de trabajadores autónomos y una presión fiscal tan elevada que podemos calificar de confiscatoria, que reducen de forma importante la capacidad de consumo de los ciudadanos.

Mientras estos problemas no se corrijan, el consumo permanecerá hundido y, por tanto, nuestra economía en “riesgo” de deflación.

Es posible que los gobiernos y más concretamente el BCE puedan combatir la deflación a través de hacer horas extras con la impresora, pero a costa de perjudicar a ahorradores y pensionistas y beneficiando a los gobiernos incapaces de controlar su despilfarro, ineficiencia y mala gestión.

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One Response to “Deflación interna”
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  1. […] voluntariamente lo negativo que podría ser la situación. Este asunto ya lo expliqué en “deflación interna”. Se trata simplemente de crear inflación, incluso de forma artificial, con el fin de que el […]



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