¿Qué proponen los economistas relevantes?

Escaleras en descenso

Los Angeles Times publicó el pasado sábado 13 de Noviembre, un interesante artículo, “Economists weigh in: Can the economy be saved?” (Economistas opinan: ¿Puede la economía ser salvada?), donde resume las propuestas de una serie de grandes economistas acerca de los problemas de la economía, especialmente en lo referente a la salida de la crisis y la creación de empleo.

Se les hizo una sola pregunta: ¿Puede la economía ser salvada?

Los problemas así como las soluciones planteadas pueden ser aplicadas tanto a EE.UU. como a la UE, siempre considerando las diferencias económicas, los niveles de deuda, déficits presupuestarios, políticas monetarias y económicas,…

En general, diría que las propuestas que desarrollo al final de este texto son de aplicación para ambas zonas.

Los economistas consultados son John H. Cochrane (Profesor de Finanzas en la Universidad de Chicago), Joseph Stiglitz (Premio Nobel de Economía y Profesor de la Universidad de Columbia), Brad Schiller (Profesor de Economía de la Universidad de Nevada-Reno), Alicia H. Munnell (Profesora de Ciencias de Gestión Empresarial en el Boston College), Robert Pollin (Profesor de Economía en la Universidad de Massachusetts-Amherst), Imrohoroglu Ayse (Profesor de Finanzas y Economía de la Empresa en la USC’S Marshall School of Business), Bruce Bartlett (escritor en Times y Notas Fiscales de Impuestos) y Mark Zandi (Economista Jefe de Moody’s Analytics). Algunos de ellos están o han estado en consejos consultores de las distintos presidentes de EE.UU., varios con grandes éxitos en ventas de libros especializados, conferenciantes a nivel mundial, sus artículos son leídos por millones de personas,… Se puede decir que son una parte de la “creme” dentro de los economistas. Muchos, como Paul Krugman oNouriel Roubini, no están aquí, y no porque no sean importantes sus propuestas.

Espero que todas estas opiniones no sean “propuestas para fallar”.

No voy a hacer un resumen de lo que opina cada uno. Para ello el lector puede dirigirse directamente al artículo pulsando en este enlace de Los Angeles Times.

Sabemos que dentro de las múltiples propuestas para salir de la crisis se encuentran diferenciados básicamente dos grandes bloques:

  1. Los que apuestan por la política monetaria expansiva. Incremento del gasto público incluso soportando grandes déficits presupuestarios. Sería la política keynesiana llevada al extremo en algunos casos. Es la solución adoptada por los EE.UU.

  2. Los que opinan que dicha política nos llevará al desastre y que lo mejor es reducir esos déficits para dar confianza a los mercados y que la economía se recupere por sí sola. En buena parte son los seguidores de la Escuela de Chicago, aunque no exclusivamente. Es la solución llevada a cabo por la UE.

Sobra decir que la divergencia en las soluciones ante un problema aparentemente común genera incertidumbre en los agentes económicos, lo cual redunda en una menor inversión y toma de posturas más conservadoras que frenan la creación de empleo.

De los economistas encuestados que se inclinan por la primera solución estánJoseph Stiglitz, si bien pide que dicho gasto se centre en los sectores con alto potencial de llevar a la economía a la senda del crecimiento, Alicia H. Munnell, aunque no desde la vertiente de expansión monetaria, sino de la eliminación de deducciones fiscales, Robert Pollin y Bruce Bartlett que defienden ambos la promoción de medidas intervencionistas en el mercado de crédito a través del establecimiento de impuestos a las reservas excedentarias de la banca para que ésta ponga en funcionamiento esos recursos.

En la otra óptica se encuentra sólo John H. Cochrane donde indica claramente que un nuevo estímulo monetarista no conllevará efectos beneficiosos y que esta política es costosa a medio o largo plazo (la deuda genera unos intereses que tarde o temprano hay que pagar).

Algunos de ellos apuntan diversas cuestiones ciertamente interesantes, pero hay dos economistas que ofrecen propuestas de tipo no económico para resolver el problema. Son Imrohoroglu Ayse (Profesor de la USC’S Marshall School of Business) y Mark Zandi (Economista Jefe de Moody’s Analytics). Sus propuestas, aunque con matices, van en la línea de eliminar incertidumbre en las empresas y en el consumidor. Desde la aclaración de la política fiscal para los próximos años, a las decisiones en materias de subsidios de desempleo, regulación del sector bancario, costes laborales, seguridad social,…

No es la primera vez que se resalta la idea de la “confianza” como elemento en el que se basa cualquier tipo de recuperación económica. En buena parte pienso que es así, aunque me parece una condición no suficiente para que empecemos a salir de la crisis.

En realidad, esta idea está enraizada en la teoría de las expectativas racionales desarrollada por Robert Lucas (Premio Nobel de Economía en 1995). Una expresión muy popular que ilustra esta idea es la siguiente: “para que suba la Bolsa sólo hace falta que mucha gente piense que va a subir”. Se deduce que si los agentes piensan que va a subir, se lanzarán a comprar haciendo que finalmente suba, independientemente de otras consideraciones (¿alguna coincidencia con el mercado inmobiliario español durante la burbuja?).

Sin embargo, no es en ese aspecto donde me voy a detener, ya que, pienso, hay otros realmente interesantes para solucionar el embrollo en el que estamos metidos, aun reconociendo que la “confianza” es clave en todo este asunto.

Y creo que dos de los autores plantean una medida que puede ser una de las grandes claves para solucionar este problema. Se trata de Robert Pollin, de la Universidad de Massachusetts, y Bruce Bartlett, columnista de Times y Notas Fiscales de Impuestos. Mientras que Mark Zandi, Economista jefe de Moody’s Analytics, indica que los bancos tienen mucha liquidez, pero no ofrece la solución que plantean los otros dos autores.

Éstos indican que muchas de las empresas que quedan en la economía están saneadas y que generan beneficios y que los bancos que quedan tienen liquidez suficiente, obtenida por sus propios medios o por diversas ayudas procedentes de la FED, pero que, sin embargo, no se crea empleo en la economía y ésta amenaza con quedarse estancada al estilo de la de Japón durante las últimas dos décadas (aunque coloquialmente se habla de “la década perdida de Japón”). Desarrollaremos esta idea a continuación, pero antes quiero dejar claro que no todas las empresas tienen liquidez y generan beneficios, al igual que hay muchos bancos que están al borde de la bancarrota (en la fecha que escribo, 148 bancos de EE.UU. han quebrado según información de The Economist). Esta misma afirmación se puede hacer claramente para el caso de la Unión Europea (UE). Debo recordar que a estas alturas, la banca norteamericana habrá recibido un total de 1,5 billones de dólares mientras que la europea ha recibido unos 2,4 billones con distintos formatos y condiciones (desde préstamos hasta compra de parcial del capital de la entidad).

La solución que plantean estos dos últimos autores es que dado que la banca (en general) sí tiene reservas, que han cuantificado en un billón de dólares (casi el PIB de España), dado que la FED ya inyectó una ingente cantidad de dólares a lo largo de 2008 y 2009, presentar ahora un plan de inyección adicional de otros 600.000 dólares, no va a variar la forma de operar de los bancos: éstos permanecerán sentados encima de esa ingente cantidad de dinero sin que sean capaces de transferirlos en forma de créditos a la economía real, que es la que crea los puestos de trabajo.

Y es que la forma de trabajar de los bancos centrales tanto de EE.UU. como de la UE frenan cualquier tipo de cambio que facilite el acceso al crédito de las empresas. Se trata de un sistema que podemos calificar de perverso y que consiste en lo siguiente: tanto los bancos norteamericanos como los europeos pueden acceder a liquidez a través de la FED o del BCE a un tipo entre el 0%-0,25% en el caso de EE.UU. y al 1% en el caso de Europa. Hasta ahí todo perfecto, pero el caso es que los bancos en lugar de prestarlo a las empresas y consumidores, lo que han hecho es comprar deuda pública a tipos que han llegado incluso al 4% en algunos plazos largos de amortización. El negocio es estupendo, porque tienen una excelente rentabilidad (sólo pasar del 1% al 2% supone un 100%) con un riesgo teórico cero (la UE no permitirá que ningún estado miembro quiebre, y si no sólo hay que leer las declaraciones de los responsables políticos en estos últimos días en relación a la difícil situación de Irlanda). Por si fuera poco, tanto la FED como el BCE “premian” los excesos de liquidez al 0,25% (hay que recordar que ese porcentaje era del 1% para el caso de la UE al comienzo de esta crisis, y algo superior anteriormente).

Por tanto, si aplicamos un poco de lógica a todo este sistema, si sabemos que para la banca le es rentable económicamente disponer de un exceso de liquidez que podrá rentabilizar con la compra de deuda pública, sin riesgo, y con una retribución adicional del 0,25% por parte de la FED o BCE por los excesos de reservas no aplicados, es la principal interesada en una política monetaria expansiva como la planteada por la Administración Obama.

Digamos que todo este sistema está pensado para que la banca gane dinero, sin riesgo alguno y sin tener ninguna obligación legal de prestarlo a la economía real.

Con una situación de paro elevada, especialmente en la UE, y más concretamente en España, que acumula el 60% del total de desempleados, podemos calificar este sistema como “espanto” político-económico.

 

¿Qué hacer entonces para que la banca preste dinero?

Tocarles el bolsillo. Se puede nacionalizar como plantean algunos grupos, pero hay mejores soluciones desde el punto de vista de la eficiencia y sin espantar a los inversores. Se trata de una solución que ya desarrolló Suecia durante su crisis financiera de principios de los años 90.

Al margen de otras medidas que puso en marcha el Gobierno sueco, como garantizar la deuda bancaria o la nacionalización o compra parcial de bancos en situación de insolvencia, capitalización posterior, saneamiento y al final privatización, lo que realmente hizo bien el Gobierno sueco fue imponer un impuesto a la liquidez excesiva de la banca.

En palabras del mismo Robert Pollin, hay dos propuestas claras: la de la zanahoria y la del “palo”. La zanahoria en el sentido de ampliar las actuales garantías de préstamos federales (igual que hizo Suecia durante los 90). Las PYMES serán las primeras beneficiarias ya que los créditos que obtienen son respaldados por la garantía del Gobierno. El Gobierno español puso en marcha esta medida a través del ICO, con muy escasos resultados, como se puede ver por los datos tanto del PIB per cápita, como de la tasa de desempleo, los mejores indicadores, desde mi punto de vista, del éxito de cualquier política económica.

Palo” en el sentido, y aquí está la clave de la cuestión, de aplicar un impuesto entre el 1% y 2% sobre el exceso de reservas en los bancos. Así tendrán un incentivo contundente para destinar esos recursos al crédito de la economía real, eliminando posteriormente las altas tasas de desempleo.

Esta es la clave de la cuestión embarazosa de tener que obligar a los bancos a prestar sin la necesidad de proceder a nacionalizaciones que generan incertidumbre y dudas sobre las economías y los Gobiernos.

El plan de Obama, salvo cambios de última hora, si no va acompañado de estas medidas, supondrá incrementar las reservas de los bancos, aumentar sus beneficios, generar más capacidad de compra de deuda pública con unos suculentos márgenes, y nada más. La economía real no podrá acceder al crédito, no podrá invertir y las tasas de desempleo perdurarán en el tiempo.

El plan de Obama es fantástico para la banca, pero no para la economía real.

 

Escrito por Manuel Caraballo Callero
Economista de Izadi AG
Twitter @izadiag

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